
Aquel fin de semana iba a ser perfecto, los padres de mi amigo Miguel, se marchaban de viaje. Pasaríamos allí todo el fin de semana, haríamos una fiesta a lo grande y nos lo pasaríamos genial.
Pero no todos los cuentos cortos son bonitos, pues la ilusión se marchó de nuestros rostros cuando Miguel nos dijo que su hermana también quedaba en la casa y que no podríamos hacer fiesta. Su hermana era la mítica “empollona”, sus estudios para ella eran más importante que su propia existencia.
Llegó el fin de semana y fuimos a casa de Miguel. Guardamos nuestras cosas y comenzamos a beber mientras nos reíamos de las videntes de la televisión. Antes de que el aburrimiento nos acogiera, Carlos sacó un juego de su mochila. Las instrucciones eran como las de un cuento de terror, pues no ponía las reglas a seguir solo contaba una historia que no tenía ni pies, ni cabeza. Era un juego peligroso.
No recuerdo el nombre del juego pero si que recordaré toda mi vida, aquella noche, en la que el miedo se apoderó de nosotros e incluso afectó tanto la vida de los demás que uno de ellos desapareció sin más.
Sólo recordarlo tiemblo sin cesar, no sé como sigo vivo, ni sé como todo podrá llegar a terminar.
