Hace más de 20 años, Juan, un chico muy presumido, nunca más se iba a mirar al espejo. Lo que conocemos hoy como metrosexual, así era el. Le gustaba pasar por los espejos y mirarse y arreglarse con productos de belleza como si de una mujer de revista se tratara.
Un día, sobre las diez de la noche, estaba limpiando su rostro cuando en el espejo vió que alguien estaba detrás de él. Se giró y no pudo mirar a nadie. Todo quedó en una anécdota, hasta que al día siguiente le sucedió lo mismo, pero esta vez, se fijó que no era un reflejo, sino que una preciosa mujer le decía que se acercará. Juan atraído por su belleza, quién llevaba un precioso conjunto de lencería sexy, acudió a su llamada y cuando se dió cuenta había traspasado el espejo y seguía como si de un perro se tratara la espalda de la chica.
Cuando se giró la chica, sus ojos habían desparecido y tenía una cara típica de cuento de terror, con múltiples heridas sangrando y pelo alborotado. Juan se asustó y al dar un paso para atrás, volvió a su casa a través del espejo. Cuando abrió los ojos, el espejo estaba roto en pedazos y su cara desfigurada. Nunca más volvió a verse al espejo.
