
Aquella mañana era una mañana tormentosa. Las calles del pueblo estaban
bloqueadas por la tormenta de nieve. En la radio comunicaban que no habría clase en ninguna comarca. Pero de repente, el teléfono sonó. Era el director del colegio diciendo que tendríamos que ir a clase de todas formas. A mis padres les resultó extraño, pero tenían que acatar las normas.
Hacía un frío terrorífico. Entre la oscuridad del día y la fachada del colegio llena de nieve, resultaban parecer sacada de un cuento de terror. A mi hermana pequeña y a mi nos dio miedo entrar allí, pero teníamos que hacerlo.
Cuando entramos, no había nadie en el colegio; los pasillos, las aulas, la dirección.. ¡Nadie! estaba todo desértico. No entendíamos qué estaba sucediendo, estábamos atemorizados, tanto, que nos agarrábamos de la mano fuertemente. Yo era el hermano mayor, tenía que mostrar cierta seguridad para que ella no tuviera miedo.
Nos dirigimos a mi clase, donde supuestamente tendrían que estar mi profesor y mis compañeros. Cuando entramos en ella, de repente, la puerta se cerró. Gritamos del susto que llevamos, pero luego pensé que podría ser por una ventana abierta del pasillo o algo así…para que mi hermana no sintiera miedo, pero apenas podía ocultarlo. Mi cuerpo se estremecía y temblaba de tal forma que mis piernas se debilitaban.
Le ofrecí a mi hermana pintar en la pizarra de clase, para distraerla. Pero al coger la tiza del profesor, algo extraño sucedió. La pared frontal comenzó a abrirse. No creíamos en lo que estaba pasando, aquella historia de terror tendría que ser una pesadilla, no podía ser real.
Unas sombras asomaban por aquella abertura de la pared. Había movimiento y se escuchaban voces huecas saliendo de aquel lugar. Me acerqué a la ventana y vi que el coche de mis padres seguía allí parado. No lo dudé cogí una silla y rompí el cristal de la ventana. Saqué a mi hermana con mucho cuidado y luego salté yo.
Nos subimos al coche y mi padre me comentaba que el coche no tenía fuerza para arrancar que estaban esperando a que se calentara, y nos preguntó que porqué teníamos esa cara de asustados. Cuando pudimos salir de allí y llegar a casa, después de comentarles lo sucedido, mi padre llamó al director del colegio y éste le dijo que él no había llamado nunca a nuestra casa para decir que fuéramos a clase.
